jueves, 30 de septiembre de 2010

Problematicas Sociocomunitarias- El Hombre en Busca de Sentido

PRIMERA PARTE
Un psicólogo en un campo de concentración
Es una historia intima de un campo de concentración contada por uno de sus sobrevivientes. Los capos eran:
Prisioneros que actuaban como especie de administradores y tenían privilegios especiales – o los prisioneros de renombre.
Mientras estos prisioneros comunes tenían muy poco o nada que llevarse a la boca “los capos” nunca padecían hambre, de hecho muchos de estos capos lo pasaron mucho mejor en los campos que en toda su vida. Estos los golpeaban con mayor crueldad que los hombres de las SS.
Selección activa y pasiva
Se lesionaba a los más enfermos o agotados, incapaces de trabajar, y se les enviaba a algunos de los campos centrales equipados con cámaras de gas y crematorios. El proceso de selección era señal para una abierta lucha entre los compañeros o entre un grupo contra otro; que por cada hombre que se salvaba se condenaba a otro.
Puesto que cada uno de ellos no era más que un numero y así era como constaba en las lista. Al entrar en el campo se les quitaba todos los documentos y objetos personales, cada prisionero tenía la oportunidad de adoptar un nombre o una proyección falsos y lo cierto es que por varias razones muchos lo hacían. Estos números se tatuaban en la piel, en determinada parte de los pantalones, de la chaqueta o el abrigo.
Un solo pensamiento animaba a los prisioneros: mantenerse con vida para volver con la familia que los esperaban en casa y salvar a sus amigos.
Para seleccionar a los “capos” era de tipo negativo; para este trabajo se elegía únicamente a los brutales.
El informe del prisionero Nº 119 104:
Este relato trata de mis experiencias como prisionero común, pues es muy importante que diga, no sin orgullo, que yo no estuve trabajando en el campo como psiquiatría, ni siquiera como médico, excepto en las ultimas semanas yo era el prisionero más, el numero 110 104 y la mejor parte del tiempo estuve cavando y tendido traviesas para el ferrocarril, en una ocasión mi trabajo consistió en cavar un túnel, este hecho no quedo sin recompensa. Navidades 1944 me encontré con el regalo de los llamados “cupones de premio”. Habíamos sido vendidos como esclavos. Los cupones constaban a la empresa 50 Pynnig, cada uno y podían cambiar por doce raciones de sopa.
Estos antiguos prisioneros suelen decir: “No nos gusta hablar de nuestras experiencia. Los que estuvieron dentro no necesitaban de estas explicaciones y los demás no entenderías ni como nos sentimos entonces ni como nos sentimos ahora”

Primera fase: internamiento en el campo
Cabe distinguir tres fases en las reacciones mentales de los internados en un campo de concentración: la fase que sigue a su internamiento, la fase de la auténtica vida en el campo y a la siguiente fase a su liberación.
Estación Auschruitz
El síntoma que caracteriza la primera fase es el shock.
Bajo ciertas condiciones el shock puede incluso proceder a la administración formal del prisionero del campo.
Unas 150 personas estuvimos viajando en tren varios días con sus correspondientes noches; éramos 80 en cada vagón. Todos creíamos que el tren se encaminaba hacia una fábrica de municiones donde nos pagarían con fuerza salarial.
Llegando un cartel “hay una señal, auschruitz que significaba: cámara de gas, hornos crematorios, matanzas incriminadas, largas extensión de la cerca de varias hileras de alambrado espinosa: las torres de observaciones; los faros y las interminables columnas de harapientas figuras humanas. Mi imaginación me llevaba a ver horcas con gente colgada de ellas.
Las portezuelas del vagón se abrieron de golpe y un pequeño destacamento de prisioneros entro alborotados, los uniformados rayados, tenían la cabeza afeitada pero parecían bien alimentados. Se aferró a este pensamiento: los prisioneros tienen buen aspecto, parecen estar de buen humor incluso se reían.
Hay psiquiatría un estado de ánimo que se conoce como la “ilusión del indulto”, según el cual el condenado a muerte, en el instante antes de su ejecución, concibe la ilusión de que le indultarán en el ultimo segundo.
A la espera de trasladarlos a otros campos más pequeños, metieron a 1100 prisioneros en una barraca construida para albergar probablemente a unas doscientas personas como máximo. Durante 4 días nuestro único alimento consistió en un trozo de pan.
La primera selección
No nos dábamos cuenta del significado que encerraba. Nos dijeron que dejáramos nuestro equipaje en el tren y que formáramos dos filas, una de mujeres y otra de hombres, y que desfiláramos ante un oficial de las SS. Alguien me susurró que si nos enviaban a la derecha significaba trabajo forzado, mientras que la dirección de la izquierda era para los enfermos e incapaces de trabajar, a quienes los enviaban a otro campo. Por la tarde nos explicaron el significado del juego del dado. Los que fueron enviados a la izquierda marcharon directamente desde la estación al crematorio, dicho edificio tenia escrito sobre sus puertas en varios idiomas, la palabra “baño” a cada prisionero se les entregaron una pastilla de jabón y después…

Desinfección
Esperaron en un cobertizo que parecía ser la antesala de las cámaras de desinfección. Los hombres de las SS aparecieron y extendieron unas mantas sobre las que teníamos que echar todo los que lleváramos encima: relojes, joyas.
Allí los agruparon en torno a un hombre de las SS que espero hasta que todos hubieran llegado entonces les dijo: “Os daré dos minutos y mediré el tiempo por mi reloj. En estos dos minutos desnudareis por completo. Para luego ratigarlos, a continuación nos empujaron a otra habitación para azotarnos.
Nuestra única posición: la existencia desnuda   
Lo único que poseían era su existencia desnuda. Luego de bañarse este pobre hombre tenía sus fajas y cinturones que luego los cambiaria por pan.
Los prisioneros más veteranos que habían cortado las botas altas y untadas después jabón en los bordes para ocultar el sabotaje justo lo pegaron muy mal, latigazos lo pasaron un largo rato.  
Las primeras reacciones
Aparte de las extrañas clases de humor, otra sensación tenía la curiosidad sobre si saldrían con vida.
Estaban ansiosas por saber que les sucedería a continuación y que consecuencias les traería, por ejemplo, estar de pies a la intemperie, en el frío, finales del otoño, completamente desnudos y todavía mojados por el agua de la lucha.
Su curiosidad se tomó en sorpresa, la sorpresa de ver que no nos habríamos resfriado.
No podían limpiarse los dientes y sin embargo y a pesar de la fuerte carencia vitámica sus encías estaban más sanas que nunca, llevar una camisa para todo un medio año.
¿Lanzarse contra la alambrada?
De tanto sufrimiento los desesperaron de la situación la amenaza de la muerte que día tras día, hora tras hora, minuto tras minuto.
La primera noche en que pasó en el campo él mismo se prometió no lanzarse contra la alambrada.

SEGUNDA FASE: La vida en el campo
Apatía
El prisionero pasaba de la primera a la segunda fase de apatía relativa en la que llevaba a una especie de muerte emocional. Las emociones dolorosas: la primera era la añoranza sin límites de su casa y de su familia, después la repugnancia que le producía toda la frialdad que le rodeaba.
El prisionero que se encontraba ya en la segunda fase de sus reacciones psicológicas. Al llegar a ese punto sus sentimientos se habías embotado y contemplaban imposible tales escenas.
Ejemplo, cuando ese mismo prisionero estaba esperando la enfermería con la esperanza de que le concediera dos días de trabajo ligeros dentro del campo a causa de sus heridas o quizás por el edema de la fiebre veía un muchacho como lo golpeaban y que antes lo pusieron a trabajar en la intemperie de la nieve.
Lo que hace daño
La apatía, el adormecimiento de las emociones y el sentimiento de que a uno no le importaría ya nunca nada era los síntomas que se manifestaban en la segunda etapa de las reacciones psicológicas del prisionero y lo que eventualmente, le hacían insensible a los grupos diarios, casi continuos.
Cuando tenían que recibir el pan, tenían que formar fila para obtenerlo.
En tales momentos no es ya el dolor físico lo que más nos hiere, es la agonía mental por la injusticia, por lo irracional de doto aquello.
El insulto
El aspecto más doloroso de los golpes es el insulto que incluyen.
En una ocasión tenían que llevar unas cuantas traviesas largas y pesadas uno de ellos quiso ayudar al que menos podía pero no, enseguida sintió el látigo sobre su espalda y le dijo que aquí no existe el compañerismo. Lo trataban como animales.
Los sueños de los prisioneros
Algunos psicólogos que habían estudiado psicoanálisis hablaban de la “regresión” del internado en el campo: una retirada a una forma más primitiva de vida mental. Sus apetencias y deseos se hacían obvios en sus sueños.
El no tener satisfechos esos simples deseos les empujaban a buscar en los sueños sus cumplimientos.
El hambre
Durante la última parte del encarcelamiento la dieta diaria consistía en un pequeño pedazo de pan. También una “entrega extra” de 20 gr de margarina o un pequeño trozo de pan. Era muy pobre su dieta teniendo en cuenta sus trabajos pesados y trabajando desnudos en plena nieve.
En cuanto a los enfermos se decían: este cuerpo es mi cuerpo, es ya un cadáver ¿qué ha sido de mí? No soy más que una pequeña parte de una gran masa de carne humana.

Sexualidad
La desnutrición, además de ser causa de la preocupación general por la comida, probablemente explica también el hecho de que el deseo se sexual brillara por su ausencia.
Incluso en sueños, el prisionero se ocupa muy poco del sexo, aún cuando según el psicoanálisis “los instintos inhibidos”, es decir, el sexual del prisionero junto con otras emociones debería manifestarse de forma muy especial en los sueños.
Planes de fuga
El prisionero de un campo de concentración temía tener que tomar una decisión o cualquier otra iniciativa. El prisionero hubiera preferido elegir que el destino eligiera por él. Este querer zafarse del compromiso se hace más patente cuando el prisionero debería decidir entre escaparse o no escaparse del campo. Al irse acercando el frente de batalla, tuve la oportunidad de escaparme, con la ayuda de un colega que visitaba los barracones fuera del campo. Me sacaría de contrabando con el pretexto de que tenía que consultar con otro colega a cerca de un paciente que necesitaba el asesoramiento de un especialista.
Una vez fuera nos proporcionaron uniformes y alimentos. En el último instante surgieron ciertas dificultases que nos hizo volver de nuevo al campo.
Mientras ya hacía de pantalla mi amigo entró en un borricón y al poco tiempo volvió trayendo una mochila bajo su chaqueta. Dentro había visto otra que yo tenia que coger. Así que cambiamos los puestos y entre yo.
Volví corriendo a mi barracón y reuní todas mis posiciones. Pasé una última visita rápido o todos mis pacientes, me acerque a un paisano mío, medio muerto, con la voz cansada me preguntó ¿te ves tu bien? Yo lo negué pero resultaba muy difícil evitar su triste mirada. De pronto decidí por una vez, mandar en mi destino. Salí corriendo del barracón y le dije a mi amigo que no me podía ir con él. Volví al barracón, me senté a los pies de mi paisano y traté de consolarlo. Llegó el último que pasamos en el campo, se acercaba al frente, los transportes que se habían ido llevando a los prisioneros.
Por segunda vez mi amigo y yo decidimos escapar. Nos dieron orden de entrar a tres hombres al otro lado de la alambrada. Cuando regresamos por el último cuerpo, esperé que mi amigo buscara un trozo de pan para comer en los días que pasaríamos en el bosque. En el momento que mi amigo regresaba, la verja del campo se abrió de pronto y entró un camión en el que venía un delegado de cruz roja, el campo y los últimos detenidos quedaron a su protección.
Otra vez más pudimos comprobar cuán ciertas podían ser las decisiones humanas, especialmente en la que se refiere a las cosas de la vida y la muerte. Nuestros amigos que pensaron viajar hacia la libertad aquella noche, transportados en los camiones mueran encerrados en barracones y seguramente murieron abrazados, sus cuerpos parcialmente carbonizados, “yo pensé de nuevo en el cuento de muerte en  Tebeón” 


Irritabilidad
Nada tiene de sorprendente que la tensión abocara en una lucha abierta. Dado que el prisionero observaba a diario escenas de golpes, su impulso hacia la violencia había aumentado. Y el cansancio era mi estado normal, ya que durante toda la noche teníamos que cebar la estufa, que nos permitía tener en el barracón una causa de los enfermos de tibus.
Mientras trabajó como médico en el pabellón de los enfermos de tibus, tuve que ocupar también el puesto de jefe del mismo, lo que quería decir de su limpieza. Mayor cantidad de alimento y unas cuantas medicinas nos hubieron ayudado más, pero la única preocupación de los inspectores consistía en ver si en el centro del pasillo había una brizna de paja o las manos sucias.
A veces fallaban, incluso los gritos y ello exigía un tremendo esfuerzo de autocontrol para no golpearlos.
La propia irritabilidad personal adquiría proporciones anuaditas cuando atacaba la apatía de otro, especialmente en los casos de peligro (por ejemplo, cuando se  avecinaba una inspección) que tenían su origen en ella.
La libertad interior
Las expresiones de la vida en un campo demuestran que tienen capacidad de elección. El hombre puede conservar un vestigio de la libertad espiritual, de independencia mental, incluso en las terribles circunstancias de ___ psíquicas y físicas.
Los que estuvieron en los campos de concentración recordamos a los hombres que iban de barracón en barracón consolando a los demás, dándoles el último trozo de pan que les quedaba, puede que fueran pocos en números, pero ofrecían pruebas suficientes de que el hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: La última de las libertades humanas-la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias-para decidir se propio camino.
A diario, a toda hora, se ofrecía la oportunidad de tomar una decisión, decisión que determinaba si uno se sometería o no a las fuerzas que amenazaban con arrebatarle su yo más intimo, la libertad interna, remunerando a la libertad y a la dignidad, para dejarse moldear hasta convertirse en un recluso típico. Fundamentalmente, pues, cualquier hombre podía, incluso bajo tales circunstancias, decidir lo que seria de él.
Es esta libertad espiritual, que no nos puede arrebatar, lo que hace que la vida tenga sentido y propósito.
El destino, un regalo
El modo que un hombre acepta su destino y todo el sufrimiento que este conlleva, la forma en que carga con su cruz, le da muchas oportunidades para añadir a su vida un sentido más profundo.
De los prisioneros, solamente unos pocos conservaron su libertad sin menoscabo y consiguieron los meritos que les brinda su sufrimiento, pero aunque sea solo un ejemplo, es prueba suficiente de que la fortaleza íntima del hombre puede elevarse por encima de su adversario sino.
Cuando también nosotros nos vimos confrontados con un destino más grande e hicimos frente a la decisión de superarlo con igual grandeza espiritual, habíamos olvidado ya nuestras resoluciones juveniles, tan lejanos, y nos dimos la talla. Algunos detalles, de una muy especial e íntima grandeza humana, acuden a mi mente; como la muerte de aquella joven de la que yo fui testigo en un campo de concentración.
Análisis de la existencia provincial
Al relatar o escribir sus experiencias; todo los que pasaron por la experiencia de un campo de concentración concuerdas en señalar que la influencia más deprimente de todas era que el recluso no superara cuánto tiempo iba durar su encarcelamiento 
Su existencia es provisional en ese momento y, en cierto sentido, no puede vivir para el futuro ni marcarse una meta. Mis camaradas concordaron conmigo cuando dije que en el campo durará más que la semana.
Uno de los prisioneros, que a su llegada marchaba en una larga columna de nuevos reclusos desde la estación del campo, me dijo más tarde que había sentido como si estuviera desfilando en su propio funeral.
La vida afuera al menos se dejaba vencer por que no se podía ver ninguna meta futura, se ocupaba en pensamientos retrospectivos.
Resultaba fácil desentenderse de las posibilidades de hacer algo positivo en el campo y esas oportunidades existían de verdad. Tales personas olvidaban que muchas veces es precisamente una situación externa excepcionalmente difícil lo que da al hombre la oportunidad de crecer espiritualmente más allá de sí mismo. Prefieren cerrar los ojos y vivir en el pasado.
Claro está que solo unos pocos son capaces de alcanzar cima espiritual elevada, pero esos pocos tuvieron una oportunidad de llegar a la grandeza humana. Se piensa siempre que lo peor está por venir, cuando en realidad ya ha pasado, como hicieron la mayoría de los prisioneros.
Spinoza, Educador
  De forma instintiva, algunos prisioneros trataban de encontrar una meta propia. Y esto constituye su salvación en los momentos más difíciles de su existencia, aún cuando, a veces tenga que aplicarse a la tarea con sus cinco sentidos. Por lo que a mí respecta, lo sé por experiencia propia. De pronto me vi de pie en la plataforma de un salón de conferencias.
La emoción, que constituye sufrimiento, deja de ser lo tan pronto como nos formamos una idea clara y precisa de él mismo, “sobre el poder del espíritu a la libertad humana”.
Con la pérdida de la fé en el futuro perdía, así mismo so sostén espiritual: se abandonaba y decía y se convertía en el sujeto del aniquilamiento físico y mental. Todos teníamos este momento no ya para nosotros, lo que no hubiera tenido importancia, sino por nuestros amigos.
Una vez presencié una dramática demostración del estrecho nexo entre la pérdida de la fé en el futuro y su consiguiente final. Los que conocen la estrecha relación que existe entre el estado de ánimo de una persona, su valor y sus esperanzas, o la falta de ambos, y la capacidad de su cuerpo para conservarse inmune, saben también que si repentinamente pierde la esperanza y el valor ello puedo ocasionarle la muerte.
Las observaciones sobre este caso y la conclusión que de ella puede extraerse concuerdan con algo sobre lo que médico jefe del campo me llamó la atención: la taza de mortalidad semanal en el campo aumentó por encima de todo el previsto desde las navidades.
 La pregunta por el sentido de la vida
Lo que de verdad necesitamos es un cambio radical en nuestra actitud hacia la vida. Tenemos que elegir de hacernos preguntas sobre el significado de la vida.
En última instancia, vivir significa, asumir la responsabilidad de encontrar la respuesta correcta  a los problemas que ellos plantean y cumplir las tareas que la vida asigna continuamente a cada individuo. Nunca se podría dar respuesta a las preguntas relativas al sentido de la vida con argumentos especiosos.
Cuando un hombre descubre que su destino es sufrir, ha de aceptar dichos sufrimientos pues ése es su sola y única tarea. Para nosotros el significado de la vida abarca círculos más amplios, como los son los de la vida y la muerte y por este sentido es por el que luchamos.
Sufrimiento como prestación
Una vez que nos fuera revelado el revelado del sufrimiento, nos negamos a minimizar o aliviar las torturas del campo a base de ignorarlas o de abrigar falsas ilusiones.
El sufrimiento se había convertido en una tarea a realizar y no queríamos volverles la espalda. Ante nosotros teníamos una buena cantidad de sufrimiento que deberemos soportar, así que era preciso hacerle frente preocupando que los momentos de debilidad y de lagrimas de redujeron al mínimo.
 Algunas veces, alguien confesaba avergonzado haber llorado, como aquel compañero que respondió a mi pregunta sobre cómo había vencido el edema; confeso: “lo he expuesto de mi cuerpo a base de lagrimas”
Algo nos espera
Siempre que era posible, en el campo se aplicaba algo que podía defenderse como los fundamentos de la psicoterapia o de la psicohigiene, tanto individual como colectivamente.
Dichas acciones se emprendían por regla general con vistas a evitar los suicidios. Una regla del campo muy estricta prohibía que se tramara a salvar aun hombre que tratara de suicidarse.
Cuando se acepta la imposibilidad de reemplazar a una persona, se da paso para que se manifieste en toda su magnitud la responsabilidad que el hombre asume ante su existencia.
Una palabra a tiempo
La influencia inmediata de una determinada forma de conducta es siempre más efectiva que las palabras, peor a veces, una palabra también resulta efectiva cuando la receptividad mental se intensifica con motivo de las circunstancias externas.
La tarde de aquel día de ayuno ya caímos exhaustos en los camastros, entonces, y para empeorar aún más las cosas, se apagó la luz, estados de ánimo llegará a su punto más bajo. En aquel momento era más necesario que nunca infundirles ánimos.
Asistencia psíquica
Pero no solo hablé de futuro y del velo que lo cubría, también le hablé del pesado: de todas sus desgracias y de la luz que irradiaba, brillante aún en la presente oscuridad.
Seguramente me referí a las muchas oportunidades existentes para darle un sentido a la vida. Hablé a mis camaradas, de que la vida humana no cesa nunca, bajo ninguna circunstancia, y de que este infinito significado de la vida comprende también el sufrimiento y a la agonía, las privaciones y la muerte.
Mis palabras tenían como objetivo dotar a nuestra vida de un significado, allí y entonces, precisamente en aquel barracón y aquella situación, prácticamente desesperada, pude comprobar que había logrado mi propósito.
Psicología de los guardias de los campos
 Llegamos ya tercera fase de las reacciones espirituales del prisionero.
Se armaba un gran revuelo de alegría cuando tras dos horas de duro bregar bajo la cruda helada, nos permitían calentarnos unos pocos minutos allí mismos.
Al acabar la guerra y ser liberados por las tropas norteamericanas, tres jóvenes judíos húngaros escondieron al comandante en los bosques bávaros. Tras pensarlo un rato, el comandante del campo de concentración prometió al joven judío que cuando capturara al  prisionero se ocuparía de que no le causaran lesiones, este cumplió su promesa.
La vida en un campo de concentración abría de par en par el alma  humana y sacarle a la luz sus abismos.
Nosotros hemos tenido la oportunidad de conocer el hombre quizás mejor que ninguna generación.

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